jueves, 2 de febrero de 2012

Los gladiadores de Melbourne


Casi seis horas de adrenalina, de pasión, de tensión y sufrimiento, de agonía y épica. De tenis, de tenis con mayúsculas. Y de deporte en estado puro. Y todo sucedió sobre la Rod Laver Arena de Melbourne el pasado domingo.
Casi seis horas, cinco y cincuenta y tres concretamente, de batalla entre dos colosos que no sólo buscan ganar una copa. No persiguen el dinero. Lo que quieren es superar al contrario, quedar por encima de él y superarse al mismo tiempo a sí mismos, logrando la supremacía absoluta sobre todas las cosas en su particular universo, que en este caso es el tenis.

El tenis, una excusa como cualquier otra, un soporte sobre el que colocar un duelo psicológico terrible, en el que no sólo se demuestra quién es el que mejor juega. También se pone en juego el orgullo, el valor, la capacidad física y la resistencia de cuerpo y mente, sometida, sobre todo en los instantes finales y en los puntos decisivos, a algunas de las más duras presiones psicológicas que un ser humano pueda soportar. Cada punto ganado es una conquista personal, cada golpe requiere una concentración sobrehumana para limitar al máximo el margen de error y coloca al hombre por encima del hombre.
Porque en parte eso fue la final del Open de Australia. Un hombre, Rafael Nadal, que después de perder seis finales consecutivas ante Novak Djokovic, la superación en forma de tenista, es capaz de luchar contra sus propios fantasmas y sacar como nunca lo hizo antes; Un Nadal que supera a su oponente en la primera manga y que se sobrepone contra pronóstico después, igualando a dos en la cuarta, tras un nuevo recital de Djokovic, un hombre cuya transformación en el último año y medio ha sido a la par increíble y excepcional; Que para hacerlo es capaz de sobreponerse a un 0-40 en contra y rema hasta encontrarse con 4-2 y 30-15 a favor de nuevo en el set definitivo y que finalmente sucumbe por séptima vez, convirtiéndose en el único jugador que ha perdido tres finales de Grand Slam consecutivas en la era Open.

Un partido que haría que cualquiera, aficionado o no al tenis, se revolviera en la silla con el paso de los puntos para ver cómo acaba el desafío. Una agonía en la que los protagonistas acaban por convertirse en héroes, en gladiadores que encienden al público, que estalla en júbilo después de cada punto espectacular, en el que al fin y al cabo un rival busca despellejar al otro. Cada bola, cada misil lanzado lleva impresas sus ganas de superarle, de quedar por encima de él y de todos. Le dice "Aquí estoy, jamás me rendiré, voy a por ti, a machacarte". Cada punto ganado refuerza la moral y los ánimos de uno e infunde dudas en el otro.
No hay mejor descripción de lo que se vio el pasado domingo que la que hizo el campeón: "Te duele todo. Sufres. Intentas activar tus piernas. Intentas empujarte un punto más. Te sangran los dedos. Todo es ya demasiado y, aun así, sigues disfrutando del sufrimiento". Para terminar bramando de rabia y arrancándose la camiseta. Para decirle al mundo "Ya está. He ganado. No hay nadie mejor que yo. He entrado en la historia". Si pudiera volver a nacer y tuviera que elegir ser un deportista profesional, sería tenista sin dudarlo.     

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